28 Abr 2026, Mar

​“El Grito Sagrado”: juventud, memoria y teatro en una noche con localidades agotadas en Andamio 90

​El pasado sábado 25 de abril, el Teatro Andamio 90 fue escenario de una función a sala llena de “El Grito Sagrado”, una obra protagonizada por jóvenes de entre 16 y 18 años de La Matanza, estudiantes de la Escuela Nicolás Repetto de Tapiales y del Instituto San Luis Gonzaga.

No es un dato menor: pibes del conurbano, organizados, creando, diciendo. En un tiempo que empuja al individualismo y al silencio, eligieron subirse a un escenario a hablar de lo que incomoda.

La obra —escrita para los Juegos Bonaerenses 2025, donde obtuvo el tercer puesto en la categoría teatro— propone un viaje a la década del 70, pero no desde la nostalgia ni la solemnidad. Lo hace desde una pregunta viva: qué pasó con esos jóvenes, y qué nos pasa hoy con esa historia.

A través de un lenguaje contemporáneo, directo y sensible, “El Grito Sagrado” reconstruye la experiencia de adolescentes atravesados por la última dictadura cívico-militar argentina. Pero no se queda en la reconstrucción: interpela. Sacude. Obliga a mirar.

Porque hay algo que la obra deja claro: la memoria no es un recuerdo cómodo. Es un territorio en disputa.

Dirigida por Jorge Acebo y con dramaturgia de Lorenzo Díaz, la puesta encuentra su potencia en un elenco que no actúa desde la distancia, sino desde la implicación. Lorenzo Díaz, Benicio Márquez Podestá, Tomás Martínez, Mateo Salinas y Taiel Varela España logran sostener una intensidad que atraviesa al público y lo deja sin refugio.

​El recorrido del grupo no empezó en un gran teatro. Durante todo el año pasado, llevaron adelante funciones todos los viernes en el Instituto San Luis Gonzaga. Ensayo, constancia y convicción. De ahí, a una sala emblemática de la Ciudad de Buenos Aires, con localidades agotadas.

Pero lo más potente no es el salto. Es lo que traen:
​Traen preguntas.
​Traen memoria.
​Traen una forma de plantarse.


En un contexto donde muchas veces se intenta relativizar o vaciar de sentido lo ocurrido durante la dictadura, estos jóvenes eligen lo contrario: hacerse cargo. Poner el cuerpo. Decir. Y eso, en sí mismo, es un acto político.

“El Grito Sagrado” no es sólo una obra de teatro. Es una señal. Que hay una juventud que no compra el olvido. Que entiende que el arte puede ser trinchera. Y que, incluso en escenarios adversos, insiste en escribir su propia historia.